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Se termino la temporada de premios, y cuando la última estrella dejó el Teatro Dolby el domingo pasado, quedó flotando una pregunta: ¿y ahora? La industria está en crisis y el cine, por ahora, no encuentra las respuestas
El cierre de la ceremonia de los Oscar, con los ganadores sobre el escenario
Hollywood ama sus finales felices. Por eso los Oscar siguen funcionando como ese último plano donde todo parece en orden: las estrellas sonríen, la industria se celebra a sí misma y durante unas horas nadie habla de números, recortes ni algoritmos. Pero apenas se apagan las luces, la ficción se termina. Y lo que queda es menos glamoroso: una industria que ya no entiende del todo cómo sostenerse.
No es una crisis repentina ni un tropiezo aislado. Es, más bien, una acumulación de decisiones postergadas, de burbujas infladas con entusiasmo y de certezas que dejaron de serlo. Durante años, Hollywood fue una maquinaria tan aceitada que incluso sus errores parecían parte del espectáculo. Hasta que la pandemia hizo lo que mejor hacen las crisis: correr el telón y dejar todo a la vista.
Antes de 2020, el sistema todavía funcionaba por inercia. Las grandes franquicias garantizaban ingresos, el mercado internacional compensaba cualquier fatiga doméstica y el calendario de estrenos era una coreografía precisa. Había señales de desgaste, sí —historias repetidas, presupuestos desorbitados, dependencia excesiva de unos pocos títulos—, pero nada que pareciera urgente. Entonces llegó el parate global. Salas cerradas, rodajes suspendidos, estrenos en pausa indefinida. Y una pregunta que nadie en la industria parecía haberse hecho en serio: ¿qué pasa si el cine deja de ser un lugar?
La respuesta, improvisada, fue el streaming. Plataformas como Netflix, Disney+ o Amazon Prime Video pasaron de ser una alternativa en crecimiento a convertirse en el centro del negocio. En cuestión de meses, lo que iba a ser una transición ordenada se transformó en una estampida. Películas que habían sido pensadas para salas terminaron estrenándose en catálogos digitales, a veces sin demasiada ceremonia. El mensaje implícito era claro: lo importante ya no era la pantalla, sino la disponibilidad.
“Entrenamos a la audiencia para no ir al cine”, admitió Ted Sarandos. La frase tiene algo de sinceridad brutal y algo de ironía involuntaria: Hollywood diseñó un sistema que ahora compite contra sí mismo. Porque el espectador, enfrentado a la opción de salir o quedarse en casa, eligió lo más simple. Y barato. Y no hay campaña de marketing que pueda revertir del todo esa costumbre adquirida.
El problema es que el streaming, presentado durante años como la tierra prometida, empezó a mostrar sus límites. La lógica de crecimiento infinito —más contenido, más suscriptores, más expansión— chocó con una realidad bastante menos glamorosa: producir cuesta, y mucho. Las plataformas entraron en una carrera donde gastar era sinónimo de ganar relevancia. Series millonarias, películas pensadas más para alimentar catálogos que para generar impacto, algoritmos afinando decisiones creativas. Durante un tiempo, funcionó. Hasta que dejó de funcionar.
El crecimiento se desaceleró (hay un límite a la cantidad de suscriptores), los inversores empezaron a mirar con más atención y la palabra “rentabilidad” volvió al centro de la conversación. Ahí aparecieron los recortes, las cancelaciones abruptas, los contenidos que desaparecen sin dejar rastro. “El streaming no es un negocio infinito”, reconoció Bob Iger, en un tono que mezcla resignación con realismo tardío. Dicho de otra forma: la industria cambió de modelo sin terminar de entender cómo hacerlo sostenible.
En paralelo, el público también hizo su parte. La experiencia de ir al cine, que durante décadas fue casi un ritual automático, empezó a perder centralidad. No se trata solo del precio de las entradas (aunque ayuda), sino de una percepción más difusa: la de que muchas de las películas que llegan a cartelera no justifican el esfuerzo. La comodidad del hogar, sumada a una oferta prácticamente infinita, inclinó la balanza. Y la taquilla, ese viejo termómetro infalible, empezó a marcar valores preocupantes.
Hollywood, fiel a su ADN, respondió con lo que mejor sabe hacer: insistir. Más secuelas, más remakes, más universos compartidos. La idea de que el reconocimiento de marca, de la franquicia, puede reemplazar al entusiasmo genuino. Durante un tiempo, funcionó. Hoy, ya no tanto. El público sigue yendo a ver eventos, pero cada vez es más selectivo. El blockbuster, el “tanque” de Hollywood, dejó de ser garantía para convertirse en apuesta de alto riesgo.
“Antes una franquicia era una garantía. Hoy es apenas una apuesta”, explicó el productor Jason Blum, cuya carrera se construyó, paradójicamente, sobre la idea de hacer películas más chicas y asumir riesgos creativos que los grandes estudios evitan. En un ecosistema donde todo cuesta millones, la modestia empieza a parecer una estrategia radical.
Y como si el escenario no fuera lo suficientemente inestable, la inteligencia artificial irrumpió con la sutileza de un elefante en una sala de montaje. No como promesa lejana, sino como herramienta concreta capaz de escribir, recrear, sintetizar. Las huelgas de guionistas y actores de 2023 dejaron en claro que la discusión no es futurista, sino inmediata.
“La IA puede ser una herramienta, pero no puede reemplazar la experiencia humana”, advirtió Fran Drescher, “La Niñera”, hoy al frente del sindicato de actores. La frase condensa un temor extendido: que la búsqueda de eficiencia termine erosionando el componente más imprevisible —y más valioso— del cine. Porque si todo puede optimizarse, también puede volverse indistinguible.

Mientras tanto, la industria se ajusta. Menos proyectos, más controles, decisiones cada vez más conservadoras. Las grandes compañías recortan costos, evalúan fusiones, trasladan producciones a territorios más baratos. El Hollywood expansivo de hace una década empieza a parecer un recuerdo reciente. En su lugar aparece una versión más cautelosa, menos confiada en su propio poder.
Y sin embargo, en los márgenes, algo se mueve. Lejos de los presupuestos inflados y de la presión por sostener franquicias multimillonarias, el cine independiente encuentra un espacio inesperado. No es nuevo, pero sí adquiere otro peso. Con menos dinero, pero más libertad, muchas de estas películas logran conectar de una manera que el mainstream parece haber olvidado.
“No necesitamos salvar Hollywood para salvar el cine”, dijo Sean Baker, el oscarizado cineasta de “Anora” que hizo su carrera en el cine independiente. Puede sonar provocador, pero también tiene algo de diagnóstico clínico. Quizás lo que está en crisis no sea el cine como lenguaje, sino el modelo industrial que lo dominó durante décadas.
La historia ofrece cierto consuelo. Al cine lo mataron varias veces: la televisión, el video hogareño, internet. Cada cambio tecnológico vino acompañado de un pronóstico terminal. Y sin embargo, el cine sigue ahí, mutando, adaptándose, encontrando nuevas formas de existir. Lo que no siempre sobrevive es la estructura que lo contiene.
Hollywood enfrenta, en ese sentido, un dilema incómodo. Puede reinventarse —lo que implica aceptar pérdidas, redefinir su escala, abandonar algunas certezas— o puede aferrarse a un modelo que ya no responde. Ninguna opción es particularmente seductora.
Tal vez por eso los Oscar siguen siendo importantes. No porque reflejen el estado real de la industria, sino porque ofrecen una narrativa ordenada en medio del caos. Una ilusión necesaria. Un recordatorio de lo que Hollywood fue —y de lo que todavía le gustaría ser. Después, claro, viene la realidad. Y la realidad, como suele pasar, no tiene guion cerrado.

Hollywood en crisis: ¿qué pasará con el cine?
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