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Es un tipo de depresión crónica y silenciosa que afecta durante años la vida cotidiana. En la Región, la ciencia revela su impacto profundo y las desigualdades en su tratamiento
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La persistencia del sufrimiento psíquico, ese murmullo bajo y constante que no irrumpe como crisis pero tampoco cede, encontró en la producción académica de La Plata un campo fértil de indagación rigurosa. Bajo el nombre de trastorno depresivo persistente —categoría consolidada en el DSM-5-TR de la American Psychiatric Association— lo que durante décadas fue conocido como distimia dejó de ser considerado una forma “leve” de depresión para convertirse en un fenómeno complejo, crónico y profundamente incapacitante. En la trama institucional que articulan la Universidad Nacional de La Plata, el CONICET, la Universidad Católica de La Plata y la Universidad del Este, la distimia aparece no como un objeto aislado, sino como un nodo donde convergen la clínica, la biología, lo social y lo político.
Antes de avanzar sobre los hallazgos científicos, conviene detenerse en una advertencia que los propios profesionales formulan con insistencia: el diagnóstico es un instrumento, no una sentencia. Matías Fittipaldi, psicólogo platense, lo plantea con precisión: los diagnósticos son herramientas que permiten orientar las intervenciones terapéuticas, pero “nunca un diagnóstico va a definir el ser de una persona”, asegura, en diálogo con EL DIA. A veces, advierte, se fetichizanlas etiquetas diagnósticas cuando en realidad son formas de presentación de un problema, “envases” a los que se les da más importancia que al contenido: el sufrimiento humano y sus causas. Esta advertencia no es un detalle técnico sino una posición ética: el riesgo de que la categoría eclipse a quien la padece es real, y los profesionales de la salud mental lo saben.
Desde las cátedras de Psicopatología de la Facultad de Psicología de la UNLP se estudia con detenimiento la evolución nosográfica que llevó a la unificación de la distimia con la depresión mayor crónica. Este giro conceptual, documentado en el DSM-5 y su revisión DSM-5-TR (APA, 2022), implicó reconocer que la variable central no es la intensidad del episodio sino su duración. La definición clínica es precisa: estado de ánimo depresivo la mayor parte del día, durante más días de los que está ausente, por al menos dos años en adultos o uno en niños y adolescentes, sin remisiones mayores a dos meses. Esta caracterización dialoga directamente con la clasificación de la Organización Mundial de la Salud en la CIE-11, donde se utiliza la categoría “dysthymic disorder”. En los repositorios de la UNLP, particularmente el SEDICI, tesis como “Prevalencia de Trastorno Depresivo en pacientes internados por intento de suicidio” y el trabajo periodístico “Cicatrices invisibles” muestran cómo esa categoría se traduce en trayectorias concretas: baja autoestima, desesperanza, alteraciones del sueño y una sensación subjetiva que los pacientes describen como “haber sido siempre así”.
El trabajo experimental desarrollado en centros asociados al CONICET en La Plata, como el IMBICE y grupos de neurociencia vinculados al estudio del sistema serotoninérgico, aporta una dimensión clave para comprender por qué este trastorno se vuelve tan resistente. Investigaciones lideradas por científicos como Argañaraz, Adjimann y Soiza-Reilly señalan que el problema puede originarse en etapas tempranas del desarrollo cerebral. El foco está puesto en el refinamiento sináptico de las neuronas de serotonina en el núcleo del rafe: durante la infancia, las conexiones excitatorias e inhibitorias —glutamato y GABA— deben organizarse con precisión. Cuando este proceso falla, el sistema encargado de regular el estado de ánimo queda estructuralmente alterado. La consecuencia no es un episodio, sino una vulnerabilidad sostenida que explica por qué muchos pacientes refieren un malestar que no reconocen como ruptura sino como continuidad.
Otros estudios del CONICET La Plata muestran además cómo los sistemas de recompensa se ven implicados en la regulación emocional. El consumo de alimentos hipercalóricos activa circuitos similares a los de sustancias adictivas, y en sujetos con depresión persistente esta vía aparece como una compensación fallida: un intento de equilibrar el déficit afectivo que termina consolidando conductas problemáticas. La biología del trastorno, en este sentido, no opera de forma aislada sino en permanente interacción con el entorno y con los modos en que cada persona busca alivio.
Sin embargo, la perspectiva psicológica introduce un matiz relevante que impide reducir el fenómeno a su sustrato neurobiológico. Fittipaldi señala que explicar la vulnerabilidad no equivale a explicar el sufrimiento de una persona concreta. Mientras la psiquiatría basa su respuesta principalmente en la psicofarmacología, la psicología construye un vínculo con el paciente que le permite “abordar a través de la palabra las causas biográficas de un síntoma”. Dos lenguajes, dos instrumentos, un mismo campo de problemas: lo que coloquialmente podría llamarse el sufrimiento del alma humana.
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En niños y adolescentes, la distimia no se presenta como tristeza sino como irritabilidad, lo que dificulta su detección temprana. Investigaciones articuladas con estudios regionales publicados en SciELO y Pepsic revelan la dificultad diagnóstica que esto genera en el ámbito educativo. Estudios sobre acoso escolar muestran que la experiencia subjetiva del adolescente distímico está atravesada por la exclusión, la desconfianza y la sensación de no pertenecer. En los relatos recogidos en proyectos de investigación y extensión, aparece una constante: la dificultad para proyectarse hacia el futuro, esa incapacidad de imaginar que algo puede ser distinto.
La relación entre bullying y distimia no es lineal sino circular. El bajo estado de ánimo predispone al aislamiento, y el aislamiento incrementa la vulnerabilidad frente al hostigamiento. La escuela, lejos de ser un espacio neutral, se convierte en escenario donde el malestar se visibiliza —o se invisibiliza— según la capacidad institucional de leer estos signos.
Que estas tendencias afecten con particular intensidad a los jóvenes no es casual. Fittipaldi señala entre los factores predisponentes actuales el deterioro de los lazos sociales, la falta de proyectos de futuro por la ruptura de un contrato social solidario, la desprotección de los sectores que más apoyo requieren y el individualismo como lógica dominante. El malestar no emerge únicamente desde adentro; llega también desde condiciones históricas y sociales que erosionan la posibilidad misma de imaginar un porvenir compartido.
Las investigaciones publicadas en revistas de la UCALP sobre el Síndrome de Burnout en profesionales de la psicopedagogía permiten trazar un puente entre el estrés crónico y la depresión persistente. Los datos indican que hasta un 30% de profesionales de la salud y la educación presentan síntomas moderados a graves de desgaste. Lo relevante no es solo la prevalencia, sino la lógica del proceso: la imposibilidad de recuperación.
Esta línea de investigación confirma algo que Fittipaldi también subraya desde la clínica: la distimia no es solo un fenómeno intrapsíquico, sino también una respuesta a condiciones materiales concretas. La precarización laboral, la sobrecarga y la incertidumbre operan como factores de cronificación. El síntoma, en este sentido, es siempre una respuesta a algo que lo excede: una marca que el mundo deja en la subjetividad de quien lo habita.
El trabajo “Cicatrices invisibles”, disponible en SEDICI, constituye uno de los aportes más contundentes desde el campo de la comunicación social. A través de entrevistas a pacientes y profesionales, documenta la brecha entre el sistema público y el privado en el tratamiento de la depresión crónica. A pesar de la vigencia de la Ley Nacional de Salud Mental N° 26.657, la implementación aparece fragmentada y desigual.
En el sistema público, los tiempos de espera, la falta de profesionales y la discontinuidad terapéutica dificultan el abordaje de un trastorno que, por definición, requiere estabilidad y sostenimiento en el tiempo. En el sector privado, la continuidad existe pero queda condicionada por la capacidad de pago. Esta tensión produce un efecto concreto y documentado: la cronificación del padecimiento en los sectores más vulnerables, aquellos que menos recursos tienen y que, paradójicamente, más expuestos están a los factores sociales que predisponen al malestar.
La gravedad se agudiza con un dato que Fittipaldi señala como de alarma: en los últimos años creció significativamente la brecha entre quienes requieren atención en salud mental y quienes efectivamente la reciben. El umbral del malestar sube; la red de contención no acompaña ese ritmo.
El libro “Aportes interdisciplinarios en psicopatología”, disponible en SEDICI, ofrece una síntesis del enfoque terapéutico actual. Los ISRS y IRSN son los fármacos de primera línea, aunque presentan efectos secundarios —disfunción sexual, aumento de peso— que impactan en la adherencia y obligan a ajustes frecuentes. Pero el debate no se agota en la farmacología.
La perspectiva psicológica introduce una distinción fundamental que Fittipaldi articula con precisión: “La singularidad de una persona es lo que va a ser más relevante, y eso no está en ningún diagnóstico”. Los síntomas son siempre una respuesta, un efecto de algo que el paciente no sabe bien qué es, y que el trabajo psicoterapéutico puede ir develando. Ese proceso de develamiento es, al mismo tiempo, un alivio: comprender las causas biográficas de un síntoma transforma la relación que el sujeto tiene con su propio padecimiento.
La articulación entre psicología y psiquiatría no es de competencia sino de complemento. Cuando el umbral de malestar es muy elevado, los psicólogos indican interconsulta psiquiátrica para aliviar el cuadro mientras continúa la psicoterapia.

“Nunca un diagnóstico va a definir el ser de una persona. A veces se fetichizan las etiquetas diagnósticas, cuando en realidad son formas de presentación de un problema”.
Matías Fittipaldi
Licenciado en Psicología
Los estudios del CONICET sobre salud mental durante la pandemia indican que cerca del 50% de la población experimentó síntomas de ansiedad o depresión. Para quienes ya padecían distimia, el aislamiento obligatorio significó una profundización del cuadro: la ruptura de los lazos cotidianos, la incertidumbre sostenida y la pérdida de rutinas operaron como agravantes directos. Solo una minoría accedió a tratamiento profesional durante ese período, lo que evidencia nuevamente —y con especial crudeza— la barrera de acceso.
Fittipaldi sitúa ese momento no como origen sino como acelerador de tendencias preexistentes. La depresión, la ansiedad, el estrés crónico, los consumos problemáticos, los intentos de suicidio y el aumento de las internaciones son indicadores que distintas fuentes epidemiológicas registran como crecientes desde ese punto de inflexión. La pandemia no creó el problema; lo hizo visible, lo amplificó y lo extendió hacia sectores que hasta entonces habían permanecido más protegidos. Investigaciones específicas señalaron el impacto diferencial en mujeres embarazadas, personal sanitario y jóvenes, donde los aumentos de síntomas fueron especialmente significativos.
La producción académica de La Plata converge en una idea central: la distimia no es una depresión menor, sino una depresión de larga duración. Su peligrosidad no reside en la intensidad, sino en la persistencia. Es un desgaste lento, una erosión de la subjetividad que afecta la capacidad de proyectar, vincularse y trabajar. Comprenderla exige articular saberes: la neurobiología explica la vulnerabilidad, la clínica escucha el síntoma —recordando que detrás de cada diagnóstico hay una persona singular, irreducible a su etiqueta—, y las ciencias sociales revelan las condiciones históricas y materiales que sostienen y amplifican el malestar.
En esa intersección entre neurociencia, clínica, psicoanálisis y crítica social, las investigaciones locales trazan un mapa complejo pero imprescindible. Porque si algo dejan en claro estos trabajos —y las palabras de quienes día a día reciben estas consultas— es que la distimia no es solo un problema individual. Es también una forma en que una sociedad procesa —o no logra procesar— el sufrimiento de sus miembros. Una sociedad que, como señala Fittipaldi, ha ido debilitando los lazos colectivos, desprotegiendo a los sectores más vulnerables y dejando crecer la brecha entre quienes sufren y quienes pueden recibir ayuda. En esa falla, persistente como el trastorno que describe, se juega mucho más que una categoría diagnóstica.
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