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Especialistas advierten que la baja de la libido responde a causas psicológicas, culturales y orgánicas que se potencian entre sí. Un fenómeno que ya tiene nombre propio y que deja su huella en los consultorios y en las relaciones
una de las estrategias para combatirlo es dar espacio al juego erótico en la pareja / COPILOT MICROSOFT
En los pasillos universitarios, en los departamentos compartidos y en los consultorios médicos de La Plata, Berisso y Ensenada, un mismo fenómeno se repite con creciente frecuencia: personas jóvenes y adultas que postergan, evitan o simplemente no encuentran las condiciones para el encuentro íntimo. Lo que hasta hace poco parecía una experiencia individual y privada comienza a leerse como un síntoma colectivo. Una señal de que algo está cambiando —de manera silenciosa pero profunda— en la forma en que las personas desean, se vinculan y construyen intimidad.
“El deseo sexual es una fuerza interna que impulsa a la búsqueda de una experiencia erótica”, explica -en diálogo exclusivo con diario EL DIA- Hugo Moviglia, médico platense especialista en cirugía, urología y sexología. Pero advierte que “no es un mecanismo automático ni constante a lo largo de la vida”. Esa aclaración importa: la baja del deseo no es una anomalía aislada ni un defecto personal, sino una respuesta del organismo y de la psique que puede tener múltiples orígenes. Según Moviglia, “la disminución del deseo sexual puede responder a factores psicológicos, médicos, vinculares y culturales”, y en ambos sexos puede “generar preocupación, angustia o conflictos de pareja”.
El especialista traza una distinción clara entre los mecanismos que operan en cada sexo, aunque aclara que ninguno es completamente excluyente del otro. En el varón, señala, “todo comienza con ‘sentir ganas’ y esa sensación inicial activa la búsqueda del contacto”. Esa secuencia —deseo, excitación, orgasmo— fue históricamente considerada más frecuente en los hombres. Es un modelo lineal, relativamente directo, pero que en el contexto actual enfrenta nuevos obstáculos.
En la mujer, en cambio, “el deseo sexual responde más a causas no solo biológicas, sino a creencias, mandatos culturales y, sobre todo, emocionales”. El deseo femenino es, en ese sentido, más sensible al entorno, a la historia afectiva y al estado del vínculo. Y esa sensibilidad se ve hoy interpelada por variables que exceden lo estrictamente personal.
Moviglia agrega una variable contemporánea que complejiza el cuadro para las nuevas generaciones: especialmente en la generación Z, “la influencia externa está siendo más fuerte que la interna”. El consumo constante de redes sociales, pornografía y estímulos visuales, advierte, “puede desplazar la imaginación y afectar el deseo”. La sobreestimulación digital no neutraliza el deseo, pero lo desvía: lo reorienta hacia pantallas, hacia consumo, hacia gratificaciones más inmediatas y menos exigentes emocionalmente.
En el hombre, a ese escenario se suma lo que el especialista denomina “ansiedad anticipatoria”: el miedo a no responder sexualmente puede inhibir el deseo antes de que siquiera aparezca. Es un cortocircuito que opera en silencio. Moviglia define como “ansiosexuales” a los varones que “centran la experiencia sexual en la performance y dejan de lado el placer”, y señala que quienes se focalizan exclusivamente en la erección y en el coito tienen más probabilidades de sufrir problemas sexuales. La presión por rendir, lejos de potenciar el deseo, muchas veces lo apaga.
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“El deseo sexual no es un mecanismo automático ni constante a lo largo de la vida”
Lo cierto es que no de cada cuatro jóvenes argentinos de entre 18 y 29 años reconoce no haber tenido relaciones sexuales en el último año. La cifra, que hace una década hubiera resultado llamativa, hoy empieza a leerse como parte de un fenómeno más amplio que ya tiene nombre propio en distintos países: la llamada “recesión sexual”. No se trata solo de una baja en la frecuencia de las relaciones, sino de una mutación más profunda en la manera de desear, vincularse y proyectar el futuro.
Uno de los aspectos que Moviglia destaca con mayor énfasis es la incidencia de los hábitos digitales en la vida íntima. “Los problemas vinculares también influyen en el deseo, como los hábitos cotidianos de usar pantallas en la cama, consumir series o redes sociales antes de dormir”, señala. No se trata de una causa menor ni secundaria: todo lo mencionado, sostiene, “funciona muchas veces como un desplazamiento del encuentro sexual”.
La paradoja que se instala en ciudades hiperconectadas como La Plata es elocuente. Nunca fue tan fácil iniciar una conversación, pero nunca fue tan difícil concretar un encuentro. Las aplicaciones de citas, las redes sociales y la pornografía generan una ilusión de disponibilidad permanente que muchas veces termina en frustración. La llamada “crisis del match” genera fatiga emocional: muchos contactos virtuales, pocos encuentros reales y una sensación de desgaste constante.
Encuestas a estudiantes universitarios muestran niveles altísimos de consumo de pornografía —especialmente entre varones— y que uno de cada cuatro jóvenes evita citas por considerarlas un “esfuerzo excesivo”. La tecnología no actúa sola, pero potencia otras variables: reduce el tiempo de socialización presencial, instala modelos irreales de cuerpo y rendimiento, y ofrece gratificación inmediata. En ese contexto, el deseo no desaparece, pero pierde prioridad frente a estímulos más accesibles y emocionalmente menos riesgosos.
A esto se suma el impacto sostenido de la pandemia, que alteró profundamente las formas de vincularse y consolidó la virtualidad como espacio dominante de socialización, dejando una huella que todavía no se ha revertido del todo.
Entre las principales causas psicológicas de baja libido, Moviglia menciona el estrés, la ansiedad y la depresión. Son, paradójicamente, algunas de las condiciones más frecuentes entre la población joven bonaerense. La presión académica, la incertidumbre laboral, la imposibilidad de acceder a un alquiler y la dependencia prolongada del hogar familiar no solo impactan en los proyectos de vida, sino también en la intimidad.
Se denomina “ansiosexuales” a los hombres que solo piensan en el rendimiento sexual
En el Gran La Plata, muchos jóvenes transitan sus veintes sin un espacio propio. Las habitaciones compartidas, la convivencia con padres o la rotación constante entre trabajos informales generan condiciones poco propicias para el desarrollo de relaciones sostenidas. La intimidad, en ese contexto, deja de ser espontánea para volverse un problema logístico.
Pero Moviglia advierte también sobre causas que suelen pasarse por alto: las orgánicas. Enfermedades como la diabetes, la hipertensión y el hipotiroidismo pueden bajar la libido de manera significativa. Lo mismo ocurre con el consumo de ciertos fármacos, en especial los antidepresivos, cuyo efecto sobre el deseo sexual es conocido pero frecuentemente subestimado por quienes los toman. A eso se suman el sedentarismo, el tabaquismo, el consumo excesivo de alcohol y una mala alimentación, factores que, según el especialista, “afectan la salud sexual y la autoestima” de manera directa.
El cuadro, en suma, es multifactorial. No hay una sola causa sino una superposición de variables que se potencian entre sí: lo psicológico alimenta lo vincular, lo vincular se ve deteriorado por lo digital, lo digital agrava la ansiedad y la ansiedad inhibe el deseo. Un círculo difícil de romper sin intervención.
“En las nuevas generaciones la influencia externa está siendo más fuerte que la interna. El consumo constante de redes sociales, pornografía y estímulos visuales pueden desplazar la imaginación y afectar el deseo”
Hugo Moviglia,
especialista platense en Cirugia, Urología y Sexología clínica
Frente a este escenario, Moviglia no habla de un rechazo al sexo, sino de una dificultad para generar las condiciones que lo hacen posible. Y propone un conjunto de estrategias concretas.
En primer lugar, sugiere “dar más espacio al juego erótico y prolongar los tiempos de encuentro”, en lugar de orientar la experiencia sexual hacia un objetivo único. También recomienda “valorar prácticas que estimulen el contacto físico y sensorial más allá del coito”, ampliando el concepto mismo de encuentro íntimo. En el plano vincular, propone “priorizar, cuando el vínculo lo permita, la comunicación sincera dentro de la pareja, sin reproches ni juicios”: un diálogo que no busque culpables sino comprensión mutua.
En paralelo, insiste en la importancia de “realizar consultas médicas para descartar causas orgánicas o efectos de medicamentos”, así como en acudir a profesionales especializados en sexualidad y vínculos cuando el problema persiste o genera sufrimiento.
Pero hay una última consideración que el especialista destaca con énfasis particular, y que funciona casi como una síntesis de todo lo anterior: “La eficacia sexual no define la estima personal”. Liberarse de esa exigencia negativa, sostiene Moviglia, “permite una vivencia más saludable del deseo y del placer”. La presión por rendir, por cumplir con un modelo de sexualidad que muchas veces proviene de la pornografía o de mandatos culturales irreales, es en sí misma uno de los mayores inhibidores del deseo genuino.
Las consecuencias de esta transformación también se hacen sentir a nivel demográfico. La tasa de fecundidad en Argentina ronda 1,33 hijos por mujer y continúa en descenso. Si bien la caída de la natalidad responde a múltiples factores —entre ellos, la reducción del embarazo adolescente gracias a políticas públicas—, la menor frecuencia de relaciones sexuales y la postergación de vínculos estables contribuyen a esa tendencia.
En la provincia de Buenos Aires, el descenso sostenido de nacimientos ya plantea desafíos a futuro, desde el envejecimiento poblacional hasta la presión sobre los sistemas previsionales. En ese marco, lo que ocurre en el Gran La Plata no es una excepción, sino parte de una transformación más amplia: una generación que no ha perdido el deseo, pero que enfrenta crecientes dificultades para convertirlo en encuentro, en vínculo y, eventualmente, en proyecto de vida compartido.
El problema no es la falta de interés. Es el contexto que lo inhibe.
una de las estrategias para combatirlo es dar espacio al juego erótico en la pareja / COPILOT MICROSOFT
Especialistas advierten que “la eficacia sexual no debería definir el estima personal” / Imagen generada por IA / CHAT GPT OPEN AI
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