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Autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, la escritora británica Mary Shelley dio forma a una de las historias más influyentes de la literatura universal, cuya metamorfosis atravesó libros, teatro, cine y series hasta convertirse en un símbolo cultural. Un racconto por cada una de las reversiones
La escritora, dramaturga y ensayista británica, célebre por su obra maestra considerada la primera novela de ciencia ficción / Web
A 175 años de la muerte de Mary Shelley, ocurrida un día como hoy, 1 de febrero, pero de 1851, la figura de la escritora y dramaturga británica vuelve a imponerse con una vigencia que desafía al tiempo y a las modas. No solo por haber sido la autora de Frankenstein o el moderno Prometeo, una de las novelas fundacionales de la literatura moderna, sino porque esa obra —concebida por una joven de apenas veinte años— inició una metamorfosis cultural sin precedentes: pasó de ser un relato filosófico y gótico a convertirse en un mito global, reproducido, deformado, reescrito y resignificado en libros, teatros, películas, series, animaciones y múltiples expresiones de la cultura popular.
Mary Shelley nació en Londres en 1797, hija de dos figuras centrales del pensamiento ilustrado y radical de su tiempo: la filósofa feminista Mary Wollstonecraft y el pensador político William Godwin. Esa herencia intelectual marcó una obra atravesada por la reflexión moral, el conflicto entre razón y emoción, y una mirada lúcida sobre los límites del progreso. Aunque Frankenstein eclipsó al resto de su producción, Shelley fue una autora prolífica. Escribió novelas como Valperga, una reconstrucción histórica ambientada en la Italia medieval; Mathilda, de tono íntimo y confesional; Lodore y Falkner, donde exploró vínculos familiares y el rol de la mujer; y El último hombre, una obra visionaria que imagina la extinción de la humanidad por una plaga global, anticipando preocupaciones que hoy resultan inquietantemente actuales. También produjo relatos breves, ensayos, textos de viaje y trabajos biográficos, además de incursionar en el teatro, un aspecto menos difundido pero central en su formación literaria.
Mary Shelley nació en Londres en 1797, hija de dos figuras del pensamiento ilustrado
Sin embargo, fue Frankenstein o el moderno Prometeo, publicada en 1818 y revisada en 1831, la novela que selló su lugar en la historia. Concebida durante el célebre verano de 1816 en Villa Diodati, a orillas del lago Lemán, la obra nació de una apuesta entre jóvenes escritores para crear historias de terror. Pero Shelley fue más allá del ejercicio literario: escribió una fábula moral sobre la ambición humana, la ciencia sin límites y la soledad del creador frente a su creación. El monstruo que imagina no es una bestia sin pensamiento, sino un ser sensible, educado en el rechazo, condenado por una sociedad incapaz de aceptar lo diferente. Allí reside la potencia duradera del relato.
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Desde sus primeras décadas, Frankenstein inició un proceso de transformación que excedió el libro. El teatro fue el primer territorio de adaptación: ya en 1823 se estrenaron versiones escénicas que simplificaron la trama y fijaron algunos rasgos que no estaban en la novela original. Esa tendencia se profundizó con el cine. A comienzos del siglo XX aparecieron los primeros cortometrajes mudos, y en 1931 la versión dirigida por James Whale consolidó la imagen icónica del monstruo interpretado por Boris Karloff. Aquella película no solo popularizó la historia, sino que alteró su lectura: el nombre Frankenstein comenzó a asociarse erróneamente con la criatura y no con su creador, una confusión que se volvió parte del mito.
A partir de allí, la novela dejó de ser únicamente un texto literario para convertirse en una materia viva, adaptable a cada época. Las secuelas, reinterpretaciones y reversiones proliferaron: desde La novia de Frankenstein hasta las producciones de Hammer Films en los años cincuenta y sesenta, que introdujeron una estética más explícita y violenta. El mito también se filtró en la comedia y la parodia, con títulos como El joven Frankenstein, que demostró que la historia podía sobrevivir incluso al humor sin perder su potencia simbólica.
Frankenstein fue concebida durante el célebre verano de 1816 en Villa Diodati
La televisión y las series retomaron el relato desde perspectivas diversas, a veces históricas, otras policiales, otras directamente metaficcionales. En paralelo, el cine contemporáneo intentó volver a la fuente literaria, como ocurrió con Mary Shelley’s Frankenstein en los años noventa y, más recientemente, con nuevas adaptaciones que buscan recuperar el costado emocional, filosófico y ético del texto original. Cada versión dialoga con su tiempo: el temor al avance científico, la manipulación genética, la inteligencia artificial o la exclusión social reaparecen bajo nuevas formas, pero con la misma pregunta de fondo que Shelley planteó hace más de dos siglos.
La metamorfosis de Frankenstein no se limita a los formatos audiovisuales. El mito se expandió a la animación, al cómic, a la literatura contemporánea y al teatro experimental. Autoras y autores modernos reescribieron la historia desde perspectivas feministas, tecnológicas o autobiográficas, incorporando incluso a la propia Mary Shelley como personaje. El monstruo dejó de ser solo una criatura para convertirse en un espejo de los miedos colectivos de cada generación.
En este nuevo aniversario de su muerte, Mary Shelley aparece menos como una autora del pasado que como una figura incómodamente actual. Su obra anticipó debates sobre ciencia, ética y responsabilidad que siguen abiertos. Y Frankenstein, lejos de permanecer fijo en las páginas de un libro, continúa mutando, desplazándose y reencarnándose en nuevas versiones que confirman su condición de mito moderno. No hay muchas novelas que puedan decir lo mismo. Shelley lo logró a los veinte años y, 175 años después de su muerte, su criatura sigue caminando entre nosotros.

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