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La escritora entrerriana se destaca por retratar la vida del interior
En su nueva novela, Una casa sola, la escritora entrerriana Selva Almada vuelve al territorio que mejor conoce —el litoral— para ensayar una de las apuestas narrativas más audaces de su obra: contar una historia desde la voz de una casa abandonada. Publicada en 2026 por Random House, la novela confirma a Almada como una de las narradoras más singulares de la literatura argentina contemporánea, con un libro breve en extensión pero de una densidad poética y simbólica que deja resonancias largas.
La escena es, en apariencia, sencilla: una casa en medio del monte entrerriano, detenida en el tiempo desde hace diez años, cuando la familia que la habitaba —Lucero, su mujer y sus cuatro hijos— desapareció sin dejar rastros. Pero lejos de construir un relato policial o una intriga clásica, Almada desplaza el eje hacia otra pregunta, más inquietante: qué sucede con los espacios cuando ya no hay nadie que los habite. La respuesta no llega en forma de certezas, sino de murmullos. Porque en esta novela quien narra es la propia casa, que recuerda, espera y se pregunta, una y otra vez, por qué aquellos que la llenaban de vida no regresan.
Desde esa voz inesperada, la historia se vuelve una experiencia sensorial. Las imágenes de la sinopsis —las raíces que invaden los cimientos, los animales que ocupan los restos de la vida doméstica, las sábanas que aún conservan el olor de sus dueños— no son meros recursos descriptivos, sino la materia misma del relato. La casa observa cómo el monte avanza, cómo los límites entre lo humano y lo natural se desdibujan hasta fundirse en una misma sustancia. Árbol y muro, tierra y memoria, terminan por volverse indistinguibles. En ese proceso, el tiempo deja de ser una abstracción y adquiere una textura casi física: se escucha, se palpa, se descompone.
La desaparición de la familia funciona como un vacío que organiza toda la narración. No hay explicaciones cerradas ni reconstrucciones lineales. Apenas indicios, ecos, conjeturas. La casa recuerda la llegada de Lucero, su manera silenciosa de habitarla, las reparaciones, la vida que se fue armando con la llegada de la mujer y los hijos. Ese pasado cotidiano, mínimo, se vuelve central precisamente por su ausencia. Lo que queda son los restos: objetos, olores, marcas. Y una pregunta sin respuesta que se repite como un latido.
Alrededor de ese núcleo íntimo, la novela despliega un universo más amplio, poblado por presencias difusas: soldados de distintas guerras, una amante malograda, voces que parecen venir de otras épocas y que conviven en un mismo plano narrativo. Estos anacronismos, lejos de ser un capricho formal, construyen una percepción del tiempo como superposición, como una capa sobre otra. El monte no solo devora lo inmediato, sino que acumula historias, dolores y restos de distintas generaciones. Todo parece suceder al mismo tiempo, como si el pasado nunca terminara de irse.
En esa mezcla de registros, Almada trabaja con una prosa que alterna lo lírico y lo áspero, lo delicado y lo procaz. Hay una musicalidad ligada al habla del litoral, pero también una crudeza que remite a la violencia latente en ese mundo rural: las jerarquías, la posesión de la tierra, las tensiones de clase. Sin subrayados ni consignas, la novela deja entrever un conflicto más profundo, donde la pregunta por quién habita —y quién es dueño— del territorio se vuelve inevitable.
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Una casa sola también puede leerse como una reflexión sobre la memoria y el olvido en la Argentina contemporánea. La ausencia de la familia, nunca del todo explicada, dialoga con otras desapariciones, con otras historias que quedan suspendidas sin cierre. En ese sentido, la casa no es solo un espacio físico, sino un archivo sensible, un testigo que conserva lo que el mundo parece dispuesto a dejar atrás.
Con esta novela, Almada logra una operación poco frecuente: volver narrativa la materia misma del tiempo. Hacer audible su transcurrir, como sugiere la sinopsis, y convertir a la naturaleza en una fuerza paciente pero implacable que, tarde o temprano, recupera lo que fue suyo. En ese cruce entre poesía, misterio y territorio, la autora construye un relato que no busca resolver enigmas, sino habitarlos. Y en esa elección radica, justamente, su potencia.
UNA CASA SOLA
Selva Almada
Editorial: Random House
Páginas: 160
Precio: $29.999
La escritora entrerriana se destaca por retratar la vida del interior
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