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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
A comienzos de este año, Dinamarca le puso fin a cuatro siglos de historia de su correo postal. Al hacerlo, también le dio partida de defunción al género epistolar. La última carta, fechada el 31 de diciembre del 2025, tenía como destinatario “A Dinamarca” y fue entregada el Museo de la Comunicación de Copenhague por un cartero en bicicleta, como corresponde.
Hace tres meses abrió en Buenos Aires una cafetería que se presentó como el primer bar postal de la Argentina. Se trata de Posdata Café Postal (Pte. Manuel Quintana 48) en Recoleta, una cafetería de especialidad que recupera la experiencia epistolar y le ofrece a la viejas cartas la chance de poder reivindicar y revivir, desde ese lugar, el íntimo vínculo confesional de aquellos manuscritos. Allí se pueden escribir cartas o postales a mano, sellarlas con lacre o estampillas, ensobrarlas y enviarlas de verdad. Hasta hay un buzón y un cartero que a la media tarde recoge esa correspondencia con rumbo fijo y seguro.
La creadora de este espacio es Carolina Barone, quien le contó a la periodista Gisela Antonuccio que ella nació en un pueblito de Santa fe y que es hija y nieta de trabajadores ferroviarios, maquinistas que llevaban y traían encomiendas y mensajes a esos parajes chiquitos y lejanos. El tren fue el mejor cartero durante muchos años. Y la desaparición de los ferrocarriles fue dejando inconclusos y sin noticias a esos corazones ansiosos que sólo a través de las cartas recargaban ilusiones. “El mensaje epistolar –añade Carolina- es un lugar de conexión real. Porque en la palabra escrita, no vale todo. Hay que pensar antes de escribir. No hay mensaje eliminado. Funciona la inmortalidad del sentimiento”.
Los trenes llevaban y traían las cartas. Y había mucha ansiedad en cada formación que ingresaba esas estaciones, porque de allí bajaban las noticias del corazón, la intimidad casi secreta que garantizan las cartas, una manera que mantenía ansiosos y pendientes a esos intercambios y juramentos hechos a puño y letra, con todo lo que eso significa.
La cafetería de Recoleta funciona como una unidad postal oficial, la 5828, del Correo Argentino, y cuenta una nota de modo de franquicia. Todas las tardes, a las 15.30, el cartero pasa y retira del buzón amarillo instalado en la puerta las decenas de cartas y postales con sello propio que, novatos y nostálgicos de varias partes del mundo, escriben sobre sus mesas. Los parroquianos que van allí a consumir, suelen reclamar sobre y papel (no tijera) para mandarle una carta a un ser lejano que seguramente se alegrará de recibir una vez el mensaje de puño y letra de quien está lejos. Esas cartas le dan un mínimo de sobrevida al género epistolar, que entre medialunas y café, se resiste a morir. Y el manuscrito le concede trato personal a un afecto que en estos días no se sabe si lo mandó Facebook o IA o cualquier otro disfrazado.
El 20 de mayo se celebra El Día de las Cartas de Amor, una costumbre que partió de China y ganó un pequeño lugarcito en la acotada agenda romántica de estos días. Hoy, aquellas cartas sobreviven como una reliquia encantadora, sobre todo porque le devuelve a la letra manuscrita su poderío legítimo y personal.
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Hay en ciudades del mundo museos epistolares que recogen las cartas de famosos enamorados que sólo allí, en un mano esencial, expresaban sus desvelos. Todas las misivas de alguna manera son homenajes afligidos a los amores imposibles. Esos museos resultan una triste exaltación de la pasión contrariada que no imaginó jamás que estas hojas amarillentas, escritas con lápiz y tinta, iban ser leídas muchos años después por un público más azorado por el recurso que por el contenido. Son cartas doloridas, que acaban consagrando la ausencia como el mal supremo y que le da a la desesperación amorosa y sus subibajas el diagnóstico de un mal incurable. Algunas de ellas, por suerte, acuden a la buena literatura para que su desolación alcance otra altura y sus palabras tengan la textura emocional que logre rozar el alma del destinatario. Desde el trazo se puede adivinar en muchas de ellas la furia amorosa de estos envíos, que recorrían kilómetros y días para poder llegar a ese amor remoto, tan anhelante de noticias y afirmaciones. El intercambio les permitía a los carteros llevar caricias en su valijones y, a los enamorados, llenar de ilusiones la larga espera. Son cartas ansiosas, con más adioses que reencuentros, mensajes que desde un lejano ayer vienen a confirmar, sin querer, un cliché ancestral: “amores verdaderos sólo son los que no pueden ser”.
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