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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Museo de los Fracasos Personales, así se llama una muestra montada recientemente en la ciudad de Vancouver, Canadá, que viene acaparando concurrencia y atención. Se trata de una exposición colectiva creada por Eyvan Collins, un residente de la Columbia Británica. Agobiado por una serie de reveses amorosos, Collins comenzó a pegar afiches en su ciudad con una convocatoria en mayúsculas: “SE BUSCAN FRACASOS”. Las personas interesadas debían enviar un objeto que ilustrara una derrota propia, junto con el relato del infortunio. La respuesta de la comunidad fue “abrumadora”.
Para Jesse Scott, director de la iniciativa, “como en nuestra cultura estamos obsesionados de manera casi patológica con el éxito, entonces el fracaso se interpreta como un cierre definitivo: la prueba de que no llegaste a ser la versión de vos mismo que aspirabas a ser”.
¿Qué puede verse en el recorrido por ese Museo de los Fracasos Personales? Objetos que cualquiera de nosotros podría encontrar en su propia casa: cartas de rechazo laboral, pinturas inconclusas, una bicicleta desarmada cuyo dueño no logró ensamblar. No es una exhibición limitada a los fracasos amorosos. Es un sincericidio que gracias al éxito obtenido acabó dándole revancha a esas decepciones.
La iniciativa recuerda otro emprendimiento similar: el Museo del Fracaso, creado por el coleccionista Samuel West en 2017 y que, desde entonces, pasea su colección por distintas capitales del mundo. Allí, sin embargo, la naturaleza de los objetos no es personal, sino corporativa: productos de grandes empresas que pasaron a la historia como errores estrepitosos, desde una Pepsi transparente hasta una lasaña lanzada por la marca de pastas (dentales) Colgate, pasando por las malogradas gafas de Google y hasta listas de editoriales que rechazaron libros que después alcanzaron éxitos estrepitosos. Una colección de pifiadas históricas que a sus autores los habrá obsesionados.
El museo muestra una colección de pifiadas históricas
Por eso la muestra canadiense sobre frustraciones caseras resulta más estimulante. Hay una cierta universalidad en el fracaso: nadie está exento de sufrir un rechazo amoroso, protagonizar una entrevista laboral miserable, tocar fondo con un emprendimiento donde se gastó tofos los ahorros y todas las ilusiones.
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Alguna vez glosamos las andanzas de un museo del fracaso amoroso, un emprendimiento itinerante que nació en Croacia y fue creciendo gracias al aporte de esos enamorados tristones que llevaron sus cositas sobre una historia que no fue. Es una galería de abatimiento y lágrimas que deja ver los restos de esas pasiones que se han ido apagando, a veces sin razones, pero a las que el tiempo acabó arrinconando. Fue creado por Olinka Vistica, una novia sufrida que decidió exponer sus recuerdos para tratar de sacárselos de encima. Gracias al aporte anónimo de otros abandonados, ella fue sumando más y mejores piezas a favor de una causa tan vieja como el hombre y que ha llenado la vida de reproches, insomnios y boleros. Es un muestrario de objetos íntimos que nació como exorcismo y acabó formando una enciclopedia del amor marchito. “Hay poesías, un cuadro al óleo enviado del Reino Unido, un vestido de bodas de Italia, ositos peluche, teléfonos que en vano esperaron la llamada que nunca llegó, invitaciones a casamientos que jamás se concretaron. La exposición, que hizo una festejada gira por Europa, es un homenaje al desamor. Y contó con el patrocinio de tantos desatendidos que encontraron, en esas afligidas vitrinas, el mejor lugar para dejar los deshechos de un metejón que se soñaba eterno. Exhibiendo sus decepciones, al fin los fracasados alcanzaron un éxito.
El infortunio no tiene límites. Es un cometa que deambula por el amor, los negocios, el fútbol, la política. Sus víctimas han dejado frases y obras mayores que acompaña a los decaídos y los alienta a seguir probando. En “La tentación del Fracaso”, su diario personal, el peruano Julio Ramón Ribeyro acepta la frustración no como una derrota final, sino como una condición constante y un estímulo para la creación artística. La famosa expresión de Samuel Beckett -“Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”- resalta la persistencia y la aceptación del error y la decepción como parte esencial de la existencia. Pero Churchill propuso una receta consoladora: “El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso, sin perder el entusiasmo”.
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