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RAÚL OSCAR CORTÉS
De pié, Lucía, afirma las manos con palmas abiertas contra la pared, a la altura de la cabeza. Apoya la oreja derecha en el muro. Los ojos abiertos, las pupilas fijas en un punto indefinido por delante, mirando sin ver. Concentra la atención en oír las voces de la habitación contigua y discernir lo que allí se dice.
De pronto, gira la cabeza:
-¡Shhh..., Cállese, Don Anselmo! -rezonga en voz baja-, y no haga más esos ruidos que no me dejan escuchar.
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Aplica otra vez la oreja y renueva el acecho ultra muros. Ha interpuesto la franela con que repasaba los muebles, entre el pabellón auditivo y el empapelado. En esa tarea de limpieza estaba ocupada cuando percibió las voces en el otro cuarto. Sostiene la teoría de que con la técnica del paño seco entre ambos, se amortiguan los ruidos del ambiente y mejora la nitidez de la audición, pared por medio, entre una habitación y otra. Pero enseguida:
-¡Y otra vez con el bochinche, Don Anselmo, por favor! -insiste con el reclamo-. Bien que después me urge en que le cuente lo que traman sus sobrinos, ¿no es cierto? Pero usted no me ayuda metiendo semejante barullo.
Don Anselmo, con su pijama de dos piezas color caqui y boina negra sobre la calva, insiste en aporrear con el bastón, una pantufla arratonada que se obstina en permanecer agazapada bajo el sillón de cuero en que ha estado dormitando parte de la mañana.
-¡Es que se me ha escabullido este calzado de porquería, mujer! Si tú supieras cómo me molesta tener que lidiar con él, cuando se atasca debajo de algún mueble y lo trabajoso que resulta sacarlo de su escondrijo. Pero, ¡vale!, qué oyes, cuéntame ya. Dímelo todo.
-Está hablando el señorito Carlos… Discuten por una decisión que aún no toman.
-¡Atchuá!…, ¡Atchuá!…
-Pero…
-Perdón, es que cuando limpias los muebles se levanta un polvillo y no puedo… ¡Atchuá!, no puedo evitar que me provoque estos estornudos. ¡Tú sigue…, sigue!
-Es ella la que habla ahora. Dice que según el abogado la firma en los papeles debe certificarla el escribano. Que la semana próxima…
-¡Moooc!..., ¡Moooc!... Discúlpame otra vez. Es esta alergia que no se me quita. Me moquea la nariz. No lo puedo evitar. Este pañuelo ya está imposible. -Lo estruja y lo mete hecho un bollo bajo la manga de la camiseta-. ¡Tú sigue… anda; sigue con lo que estabas diciendo!
-Ahora él dice que si la asistente social convalida la presunción de insania senil, tendrán el terreno allanado para solicitarle al juez que…
¡Ajá…, por fin te agarré! Ven aquí y ya no vuelvas a escaparte, ¿oiste? -recobra la pantufla-, déjame que te calce.
Anselmo se hunde en el sillón y comienza unos extraños malabares gimnásticos de pies y manos con jadeos entrecortados tratando de ponerse la pantufla recobrada. En medio de la maniobra deja caer el bastón que golpea el antiguo piso de pino tea, produciendo un sonido seco y profundo.
-Pero, Don Anselmo -fastidiada, Lucía vuelve a increparlo, como siempre, sin levantar demasiado la voz que delate su presencia y actividad furtiva-, ¿usted escuchó lo que le pedí?
-¡Eh…, ah sí! ¿Qué decías?
-¡Ya perdí el hilo de lo que discutían! -se lamenta-. A ver…, espere. Uno de ellos debe estar ahora hablando por el celular.
-¿Quién…, quién está cantando por simular?
-¡Ay, Don Anselmo! Se le cayó el audífono. -Lucía hace gestos, señalándose la oreja-. Vuelva a ponérselo.
Advertido de la contingencia, Don Anselmo se palpa el pecho buscando el auricular que se le desprendió del oído. Cuando por fin lo alcanza, da un tirón al cable que lo une al aparato receptor y arranca el plug de amarre. Como resultado de la maniobra, el amplificador de transistores que lleva en el bolsillo comienza, entonces, a emitir un sonido estridente de electricidad estática.
…Squishhhhhh…
Espantada por el repentino chillido, Lucía da un paso atrás. Al girar, sus pies tropiezan con el bastón tirado en el piso. Pierde estabilidad. Agita los brazos con desesperación, intentando sostener el equilibrio. Lanza un grito y se desploma junto al sillón en que se encuentra Don Anselmo. Su cabeza golpea contra la pata de la mesa de madera maciza. Queda inmóvil, los ojos abiertos, las pupilas fijas -mirando sin ver (como antes, cuando escuchaba las voces de la otra habitación). Don Anselmo recoge el bastón. Impasible, la acicatea con él, dándole insistentes toques en el torso y las piernas, mientras protesta:
-¡Vamos, mujer!, ya es hora de seguir con lo tuyo. Aún no has terminado con la limpieza. y tampoco me has dicho lo que conspira ese par de pillos. Eso sí, ten en cuenta mi alergia al polvo y no me reprendas luego si estornudo como un burro y moqueo a raudales.
De inmediato se abre la puerta de la habitación contigua. Alarmados por el grito y los ruidos, los dos sobrinos entran precipitadamente.
-¿Pero, por Dios, qué es todo ese alboroto?
Sobresaltados, viendo a Lucía tendida junto al sillón, se acercan hasta ella. Toman sus manos e intentan reanimarla.
-Lucía, ¿te sientes bien? Y usted tío, ¿cómo se encuentra? Dígame, ¿qué sucedió?...
-¡Zzzzz!... ¡Zzzzz!… ¡Zzzzz!...
-¡Tío…, tío Anselmo!!!
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