La tristeza de los jugadores, entrenadores, dirigentes y allegados de La Plata Rugby Club parecía interminable en la noche de ayer. Mientras de un lado eran puros gritos de festejo, del otro había espacio hasta para alguna lágrima que se escapaba de los ojos de los canarios. La derrota siempre duele. Pero mucho más cuando se da en una circunstancia como la de anoche y cuando faltó sólo un segundo para tirar la pelota afuera y ponerse a festejar. Pero no pudo ser. Y por eso, la amargura invadió el alma de un equipo que viene demasiado castigado y al que la liga parece haberlo abandonado por completo.
Porque la serie de derrotas que termina castigando sin piedad, no logra esconder que no todas han sido justas. La Plata ha perdido cuando jugó mal y también cuando no lo mereció. Y la de anoche, fue una de estas últimas.
La cuesta se le ha hecho demasiado pesada a este plantel. De candidato pasó a sufrir una y otra vez. Y la herida abierta duele más que nunca. La sed íntima de revancha y de desquite no ha tenido ninguna chance para La Plata. Sólo la excelente relación que hay en el plantel, cuerpo técnico y jugadores es lo que salva un momento que para muchos podría ser crítico y no parece serlo. Y justamente ese motivo, le puede dar a este grupo el empujón para salir de esta terrible racha. Que ayer escribió un capítulo que el equipo canario no merecía. El clásico del domingo quizás sea la revancha que todos desean y necesitan.